Destapemos La Cerveza

El arte de escuchar tu paladar

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Después de treinta años “sentí que comenzaba a comprender lo que me gustaba y porque”. Esta confesión, escrita por una periodista estadounidense quien se entrenaba para su examen de  Court of Master Sommeliers  en su libro Cork Dork, me dejó pensando: ¿cuántas veces comemos sin realmente saborear? Un poco más de treinta mil comidas después (para alguien de esa edad) y hasta ahora empieza a comprender que le gusta. Imaginen practicar un hobby o un deporte 3 veces al día durante treinta años, ya serian maestros en tal actividad o el “crack” del barrio por lo menos. Sin embargo, a la hora de disfrutar nuestras comidas estamos lejos de esa maestría.


El problema: comer en automático.


La gran mayoría de esas oportunidades, por no decir todas, no sirvieron para entrenar nada. Fueron simples transacciones biológicas: tengo hambre debo comer, tragar y listo. Al igual que respirar, no requiero mayor consciencia. Lamentable pero cierto. La alimentación, que debería ser un placer cotidiano, se convierte en una rutina mecánica. Hambre, tragar, llenar, repetir. Ese nivel de inconsciencia, no solo perdemos placer, sino hasta podemos perder las ganas de comer.


La inconsciencia no debería ser un invitado en la mesa.


La oportunidad: conectar el paladar.


Es vital aclarar y resaltar que la falta de consciencia no es resultado de algún defecto genético o como dice mi esposa “ es que mi olfato no es bueno”. Durante mi preparación para el examen de Advanced Cicerone tuve que interiorizar esa consciencia sensorial para pasar el examen. Me ayudo ver cada sorbo de cerveza como si fuera un poema, las letras están ahí, pero soy yo quien debo interpretarlas. Miel floral, caramelo quemado, pasto recién cortado… en un principio demasiado para el cerebro, pero con práctica se aprende a descifrar y puedo contar mi interpretación.


Se vuelve algo fascinante cuando uno hace esa pausa consciente; el paladar y el cerebro empiezan a hablar el mismo idioma. Ya no estoy en automático, cada bocado es una aventura.


De repente el pan no es solo “rico” sino una corteza de trigo tostado con leve notas a caramelo y un centro esponjoso llegando a ser cremoso.  El café ya no esta “ fuerte” sino tiene una nota de chocolate amargo con ligero dejo floral y final astringente. Pasas de ver el mundo por una pantalla del televisor en blanco y negro voluminosos de los años sesenta a una pantalla plana full HD (como diría Cali Flow Latino).


¿Cómo empezar?


No se necesita un retiro espiritual ni cambiar toda la vida. Solo una pausa.

  1. Antes del primer bocado o sorbo: respira, huele, pregúntate qué te dice.
  2. Después de tragar: detecta qué sensación queda. ¿Dulce? ¿Amarga? ¿Persistente?
  3. Pregunta: ¿quiero volver a probarlo?

Si me preguntan por qué empezar con la cerveza, la respuesta es sencilla: es uno de los productos más diversos y accesibles del mundo. Un vaso puede ofrecer un laboratorio sensorial a muy buen precio. Es cierto, hay desde cervezas casi neutras, pero por supuesto hay otras que ofrecen complejidad con aromas a miel, masa de pan, caramelo, chocolate, cítricos flores, frutas tropicales, hierbas, granja, vainilla… la lista es interminable.


Lo mágico es que, tras unas semanas de práctica con cerveza, el cerebro empieza a hacerlo solo con todo: con el pan, con el café, con una fruta. Y ahí, esa frase de Cork Dork cobra sentido: “apenas comenzaba a entender lo que me gustaba y por qué.”

 

Pros de conectar el paladar


  • Descubres lo que realmente te gusta (no lo que te dijeron que debía gustarte).
  • Creas una memoria sensorial capaz de volver inolvidable una comida —sí, como en la escena final de Ratatouille.
  • Te vuelves más curioso, preguntas más, exploras más.

Contras ( o mas bien incomodidades)


  • Dejas de tragar en automático, y descubres que muchas cosas que consumías ya no te gustan.
  • Al principio parece un esfuerzo innecesario: más fácil comer rápido.
  • Te cuestionas: ¿realmente me gusta esta cerveza… o solo es costumbre?

Treinta mil comidas después, descubrimos que nunca es tarde para escuchar al paladar. Tal vez el próximo bocado —ese pan, ese sorbo de cerveza— sea el primero que realmente aprendamos a saborear

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