Destapemos La Cerveza


¿Y si mañana me dijeran que hace daño?

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Al comienzo del año noto un aumento en posts y artículos sobre el declive en el consumo de alcohol. Tal vez sea el “Dry January”, o simplemente que el cuerpo después de diciembre sabe lo que necesita. Como cervecero, siento que es difícil poder tocar el tema: siento que soy árbitro en un partido donde soy hincha del equipo local. No voy a fingir neutralidad. Pero sí puedo hablar desde un lugar muy personal.

Y lo primero honesto que tengo que decir es esto: en años trabajando en el gremio, nunca he tenido una conversación real sobre si el alcohol es bueno o malo. Mis clientes me preguntan cuántas calorías tiene una IPA, si mi cerveza da más guayabo que otra, qué maridaje funciona mejor. El debate existencial sobre el alcohol como veneno no ocurre en mis mesas o catas. Ocurre en redes.

Lo cual significa que el pánico que siento —y que veo en el gremio— viene exactamente del mismo lugar: las redes. Eso vale la pena reconocerlo antes de seguir.


No vendo alcohol. Hago una bebida para compartir.

Hay una distinción que para mí es fundamental y que casi nunca aparece en este debate.

Mi trabajo no es alcoholizar a nadie. Nunca lo ha sido. Lo que hacemos —con dedicación y con los recursos que tenemos— es crear una bebida que acompañe momentos. Una celebración, una conversación difícil que necesita un punto de partida, una tarde sin más agenda que estar con las personas que quieres. Mezclando creatividad, ciencia y pasión. Es, en el fondo, una manera de cuidar a la comunidad que nos rodea a través de la conexión.

No lo digo para romantizar el oficio. Ni tampoco estoy diciendo que todos los cerveceros tengan clara esta intención. Es mi visión personal de por qué amo hacer cerveza. Cada vez veo la importancia de tener esto claro, especialmente cuando el entorno se pone ruidoso.


La pregunta que me hago como cervecero

Hay una práctica común que es el análisis de posturas extremas y en este caso me parece que vale la pena hacerse la pregunta en voz alta cuando tu trabajo gira alrededor del alcohol:

¿Qué harías si mañana la evidencia fuera concluyente? ¿Si los estudios dijeran, sin ninguna duda, que tu producto hace daño?

Mi respuesta es clara: sería el primero en cambiar de oficio.

Lo que me mueve no es el alcohol en sí mismo. Es la posibilidad de crear algo que conecte a mis amigos, mi familia, las personas que conozco. Si ese algo les hiciera daño, no sería coherente con nada de lo que acabo de decir. Y no me lo perdonaría.

Eso, para mí, es la prueba real de por qué estoy en esta industria. No por el producto. Por lo que el producto representa cuando está bien hecho y bien compartido.

Dicho eso, también creo que el debate actual está contando solo la mitad de la historia. Y esa mitad que falta es la que más me importa defender.


Lo que la narrativa dominante no incluye

Hay una voz que está ganando fuerza: el alcohol es esencialmente un veneno, cualquier cantidad es perjudicial, los números de consumo bajan, etc. Los estudios se citan, los médicos de Instagram publican, y el mensaje se repite hasta convertirse en el único marco disponible.

No voy a decir que esos estudios están equivocados. No soy médico.

Lo que sí voy a decir es que una sola visión, no cuenta la historia completa. Lo que falta es la dimensión humana. La experiencia de las personas que tienen una relación consciente, positiva y significativa con el alcohol. Y curiosamente, esas son las voces que menos espacio tienen en la conversación.

Para nosotros como gremio, el problema no es defendernos del debate. Es asegurarnos de que ese debate tenga todas las perspectivas sobre la mesa, no solo las que generan miedo. Heineken despidiendo gente es una señal económica real. Pero reaccionar al pánico de redes sin entender qué está pasando en las calles tampoco nos va a llevar a ningún lado.


Mi experiencia, que no es un argumento sino un testimonio

Quiero contar lo que ha sido para mí una relación con balance positivo con el alcohol. Digo balance porque cuando empecé a tomar no tenía la claridad que tengo hoy — hubo malos tragos, hubo lagunas, hubo mañanas en que el cuerpo pasó la cuenta. La curva de aprendizaje fue real. Pero lo que vino después de esa curva es lo que quiero contar.

Compartir una buena cerveza ha sido, en mi vida, sinónimo de conexión. De conversaciones que no habrían empezado de otra manera. De conocer a mis amigos en profundidad, de abrir la puerta a personas nuevas, de conocer a mi esposa. Hoy soy mucho más consciente del ritual: veo cómo con el primer sorbo se relaja la cara, bajan los hombros, como si alguien se hubiera quitado la armadura con la que enfrenta el día. La conversación se vuelve más honesta a medida que baja el vaso.

Sé que esa experiencia no es universal. Para alguien con una relación problemática con el alcohol, ese mismo vaso carga algo completamente diferente. No voy a hablar por esas historias.

Solo puedo hablar por la mía. Y en la mía, el alcohol bien usado ha sumado más de lo que ha restado.


Lo que le pido al gremio, y a quien decida

A mis colegas cerveceros: el problema no es que la gente esté tomando menos. El problema sería perder de vista por qué hacemos lo que hacemos. Si lo que nos mueve es la conexión, la creatividad y el encuentro genuino, eso no cambia con las tendencias de enero ni con los titulares de redes. Sigamos haciendo bien lo que sabemos hacer y confiemos en que eso habla por sí solo.

Y a quien esté en el momento de decidir si toma o no toma: esa decisión es completamente tuya. Lo único que te pido es que la tomes con todas las visiones sobre la mesa, no solo con las que generan miedo. Lee con ojo crítico los estudios.  Pero también deja espacio para experiencias como la mía, porque también son reales.

Sin presión de ningún lado. Sin remordimiento si disfrutas tu cerveza. Sin superioridad moral si decides no tomarla.

Solo una decisión tuya, tomada con los ojos abiertos.

Eso es lo único que le pido al debate. Y es lo que intento, desde mi lugar de cervecero, aportar a él.

 

 

 

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